Memoria Emotiva.

En mi clase de teatro empezamos a trabajar “Memoria emotiva”. Hicimos un ejercicio totalmente movilizante. La memoria emotiva es una de las herramientas a la cual puede recurrir un actor al momento de interpretar un personaje. Consiste en evocar momentos que la memoria registro; buenos o malos; felices o tristes; revivir emociones que han quedado guardadas en el inconciente del cerebro.

Durante el ejercicio mi mente me fue llevando por varios estados de ánimos y recuerdos. Hasta que decidí quedarme en uno de los recuerdos más luminosos y movilizantes de mi infancia. Cuando tenia 11 años, solía escaparme a la terraza de mi antigua casa de Lanus. Subia trepando hasta donde estaba el tanque de agua y me quedaba en silencio por horas. Era el lugar mas alto de la casa al cual nadie accedía. En el tanque de agua mi papá había escrito su nombre con pintura negra. El recuerdo cada vez se tornaba mas real. Estaba en ese lugar, viendo el atardecer de primavera. Me senti feliz, en calma y tranquila. Empece a disfrutar del viento acariciando mi cara, la paz que reinaba en mi interior. 

Desafortunadamente, en el medio del silencio de la clase. Escucho llora a mi compañera. Y de repente el atardecer de primavera se volvió noche, aparecí en la oscuridad total. Mi mente me llevo automáticamente y sin decidirlo a uno de los momentos mas oscuros de toda mi vida… Ya no era una niña, tenia creo que 21 años. Mi mente empezó a recrear todas aquellas sensaciones de dolor en mi cuerpo. Sentí un dolor terrible en el pecho, vacio y angustia que casi no me permitian respirar. Empece a sentir la madera fría del banco de iglesia en la cual estaba sentada, escuchaba llorar a las personas a mi alrededor, yo también lloraba con dificultad para respirar. Escucho al Sacerdote decir: -Las flores se marchitan, las lagrimas se secan, pero las oraciones las recoge Dios y quedan para siempre en el alma de la persona que se fue. Las oraciones ayudan a que puedan descanzar en paz.  

Estaba reviviendo la misa previa al entierro de mi Abuelo Carlitos, una de mis personas favoritas de este mundo. Desde ese día todas las noches rezo por él.

No es tan simple como parece estudiar teatro. Implica un compromiso y entrega completa hacia uno mismo, para luego poder entregarse a los demás en cuerpo y alma interpretando un personaje.

 

Guest posting: “El amor según una adolescence desequilibrada” por Bani

Cuando lo vi por primera vez supe perfectamente que no fue amor lo que sentí. Fue algo más fuerte, algo a lo que todavía no le encuentro forma de explicar. Ninguna de mis palabras puede hacerle justicia a aquel sentimiento.

Al mirar a través del brillante e intenso líquido de sus ojos, me sentí desnuda. Completamente vulnerable, como si en ese instante el tiempo hubiera empezado a desfasarse.

Estaba tan desorientada que apenas pude percibir que un dolor profundo se escondía detrás de su inexpresión. Había algo raro, algo que ya había notado cuando recién nos habíamos conocido, hacía poco más de un año. ¡Si me hubiera dado cuenta antes! Si mis ganas de decirle lo que sentía hubieran sido tan solo un poco más fuertes que el dolor que me paralizaba.

Solo me limite a decirle cada cosa que pasaba por mi mente. Estaba horriblemente nerviosa y con el estomago completamente revuelto, como si recién hubiera bajado de un lugar muy alto, pero lo que sentía en su compañía volvía la situación placentera.

Todos los problemas parecían esfumarse, hacerse a un lado. Mi preocupación por su bienestar se anteponía ante todo. Quería protegerlo, alejarlo de todo lo que le hiciera mal. La idea de verlo sufrir debilitaba mi propia existencia. Bajo ninguna circunstancia quería dejarlo ir. Despertar de ese hermoso sueño sería mucho más doloroso que el mismo infierno al que regresaría. Sabía que se iría y en cuestión de segundos solo sería un hermoso recuerdo.

Entonces él acarició mi mejilla y en la inmensa oscuridad se encendió una tenue luz. Había olvidado cómo se sentía… Si, eso era felicidad. Energía corriendo por mis venas.

El fue capaz de recorrer cada fragmento de mi alma en una milésima de segundo.  El ya me conocía, ya sabía quién era yo. De repente me inundo cierta calidez y con una voz curiosamente picara me dijo:

-¿Qué te pasa Luz? Hoy estas oscura.

Fue entonces cuando puse ver con claridad y recordar: No siempre había sido así. No tenia porque estar destinada a ser infeliz, la única que me había condenado era yo misma, y por lo tanto solo yo podría cambiarlo. Él no se merecía tener a su lado alguien así. Era apenas una sombra, un ser hueco. No podría aguantar mucho tiempo más. Quería curarme. Acabar con todo eso. Estaba más convencida que nunca.

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La identidad real de la autora de este post, queda bajo el secreto profesional de los escritores anónimos amigos de Maria Antonieta. Por eso la autora hasta tanto este preparada a salir a la luz desea preservar por razones de seguridad su nombre bajo el seudónimo de “Bani”. 

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