Desayuno

Lo vi inocente, simple y lleno de acciones cotidianas. No lo conocía, pero estaba segura de que era completamente inofensivo. Tenia la sensación de que jamás podría hacerme daño. Pero la simpleza y la cotidianidad engañan. Era un diablo escondido bajo el rostro de un ángel.

Baje la guardia ante su apariencia confiable. Quería y debía empezar a conocerlo. Comencé a mirarlo con más atención, a separarlo en partes, a memorizarlo recordando cada uno de sus detalles. Podía analizar cada una de sus acciones, sin conectar con mis emociones.

Anestesiada, empece a leer sus versos en voz alta:

“Echó el café
En la taza
Echó leche
En la taza de café
Echó azúcar
En el café con leche
Con la cucharilla
Lo removió
Bebió el café con leche
Dejó la taza”

Llegue sin problemas a la primer frase que para mi actuaba como una suerte de conector entre la primera y la segunda parte: “Sin hablarme”. Era su cuello entre la cabeza y el torso. Su cuello donde estaban sus cuerdas vocales que permanecían inmóviles. Su cuello que giraba su cabeza hacia el otro lado de la habitación ignorando mi presencia.

Seguí leyendo, en voz alta sin percibir el peligro real:

“Encendió
Un cigarrillo
Hizo aros
Con el humo
Echó la ceniza
En el cenicero”

Los recuerdos de mi infancia empezaban a florecer. Los aros con el humo parecían reales, se reproducían como un corto frente a los ojos de mi memoria. Me observe de niña, mirandolo fijo mientras fumaba, solía hacer aros con el humo, los dos sentados en la mesa en el medio del silencio de la casa.

Reprimiendo mis recuerdos, continué leyendo en voz alta sintiendo la tristeza invadir cada palabra que mis labios pronunciaban. Seguí leyendo hasta llegar a las siguientes frases conectoras:

“Sin hablarme
Sin mirarme”

Empece a sentir angustia. Dos frases que de pronto se convirtieron en dos brazos, que cobraron vida y empezaron a golpear sus puños contra mi pecho, quitandome el aire. Sin poder respirar, angustiada y vulnerable.

“Se levantó
Se puso
El sombrero
Se puso
La capa de lluvia
Porque llovía
Y se fue
Bajo la lluvia”

Un nuevo recuerdo doloroso recreándose frente a los ojos de mi memoria. El aeropuerto, la lluvia, el dolor de saber que se fue. La sensación de soledad, el café con leche sobre la mesa del bar de empleados del aeropuerto de Ezeiza, desde donde se ve la pista y el despegue de los aviones.

“Sin una palabra
Sin mirarme”

Esas frases eran sus piernas que caminaban alejandose de mi vida. Solo tenia trece años para entender lo que pasaba. Para entender que las personas que ignoran a sus hijos no cambian, que las distancia física refleja una distancia emocional.

“Y yo tomé
Mi rostro entre las manos
Y Lloré”

Las palabras del poema de Jacques Prévert desbloquearon todos esos sentimientos dolorosos y sus últimos tres versos se transformaron en mi realidad. Había olvidado todos esos recuerdos, que el café con leche, los aros de humo y su frialdad al retirarse me hicieron florecer. Las palabras del poema se transformaron para mí en una persona. Se transformaron en mi Papá.